lunes, 27 de diciembre de 2010

FALLECIO A LOS 95 AÑOS ARZOBISPO EMERITO JORGE MAYER

Jorge Mayer, un buen pastor

En la capilla del hogar de Haití y Rosales , donde pasó sus últim
os días, monseñor Mayer será velado hoy, desde las 8. La misa exequial comenzará mañana, a las 10, en la Catedral.Durante largos y fructíferos años de honda espiritualidad, monseñor doctor Jorge Mayer consagró su vida al servicio de Dios. Fue una rica y bel
la coyunda la
del arzobispo emérito de Bahía Blanca con el Creador, desde su ordenación sacerdotal en Roma.
Había llegado a Italia como un joven seminarista, luego de cursar los primeros estudios en el seminario San José de La Plata, a impulsos de una sincera vocación religiosa.
Nativo de San Miguel Arcángel, provincia de Buenos Aires, abandonó en 1935 la capital bonaerense luego de completar sus estudios de Filosofía y Humanidades, para seguir profundizando su preparación en Teología y Derecho Canónico, en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.
El 23 de marzo de 1940, recibió las órdenes mayores, permaneciendo hasta 1942 en la Ciudad Eterna.
A su regreso a nuestro país, se desempeñó como vicario cooperador en Coronel Pringles, hasta 1944, año en el que pasó a la catedral metropolitana de Nuestra Señora de la Merced, en nuestra ciudad, con el mismo cargo, hasta 1948.
Fue varios años fiscal eclesiástico y administrador del entonces obispado de Bahía Blanca, funciones que alternó con el ejercicio de la cátedra de Religión en el colegio Nacional, la dirección del Secretariado Catequístico Diocesano y en la edición del Boletín Eclesiástico.
Vivamente interesado por la Acción Católica (cuyo tradicional emblema agregó a su escudo, al ser nombrado obispo de Santa Rosa, La Pampa), fue designado asesor de los centros de la iglesia catedral y del Consejo Diocesano de los Jóvenes, al tiempo que se desempeñaba como capellán de la Casa de Admisión y Observación Femenina de Bahía Blanca y Aldea Romana.
El 13 de marzo de 1957, fue preconizado obispo de la capital pampeana por el Papa Pío XII, recibiendo la ordenación en dicha jerarquía de manos del entonces obispo de nuestra ciudad, monseñor Germiniano Esorto.
Tres lustros estuvo monseñor Mayer en La Pampa, desarrollando una notable labor pastoral, recorriendo dos veces al año todas las parroquias de aquella provincia. Enriqueció su diócesis en el curso de aquellos 15 años con el establecimiento de varias congregaciones religiosas, ahondando la tarea de asistencia a las cárceles e integrando la Comisión Episcopal para las Misiones.
También, en aquel lapso, participó de las cuatro sesiones del Concilio Vaticano Segundo en Roma, donde su voz serena y sus observaciones se escucharon con atención en el empinado cónclave de la jerarquía de la Iglesia.
Al renunciar monseñor doctor Germiniano Esorto, a la sazón arzobispo de Bahía Blanca, por haber llegado al límite de edad, fue designado para reemplazarlo, en 1972, por el Sumo Pontífice.
Bahía Blanca y la vasta provincia eclesiástica bajo su jurisdicción supieron, poco a poco, de la enorme vocación religiosa del arzobispo, de su entrega a la fe, a la que edificó con una conmovedora sinceridad.
Los años de su actividad pastoral fueron pródigos en hechos y en realizaciones que pusieron siempre de resalto el amor del pastor por su grey, su permanente instancia a salvaguardar los valores de la familia, de la comunidad, y un constante trajinar por ciudades y pueblos, con una sencillez y bonhomía que raramente podrán olvidar quienes tuvieron el privilegio de tratarlo y sentir su poderoso influjo espiritual.
En varias oportunidades, realizó visitas ad limina a Roma (cada cinco años, para dar cuenta al Papa de la administración de su arquidiócesis), como es norma en la organización de la Iglesia. A su regreso, resultaba siempre una experiencia plena conversar con él para volcar en notas periodísticas no sólo sus impresiones, sino la actitud rectora que animaba su pensamiento.
Como presidente del Equipo de Misiones de la Conferencia Permanente del Episcopado Argentino, participó de varios congresos misionales en países latinoamericanos; entre ellos, Méjico y Bolivia.
A lo largo de su titularidad, fueron varios los hitos que conmovieron, no sólo a la feligresía, sino a la ciudad y la zona. El más importante, la visita del Papa Juan Pablo II, en 1987, ocasión en la que concelebró con el Vicario de Cristo en una ceremonia inolvidable, en el altar erigido en las cercanías del Cristo del Camino, acontecimiento histórico y quizá irrepetible para Bahía Blanca.
Durante años, acarició la idea de erigir un monasterio que resultara un verdadero foco de irradiación religiosa y, paso a paso, con devoción, entrega y generosidad, logró su empeño; primero, con la llegada de las primeras hermanas Clarisas, que se asentaron en Puan, y, luego, con la bendición del edificio definitivo de las monjas de clausura, seguidoras de Santa Clara de Asís, en esa ciudad.
Atrás quedaron el Año Mariano Arquidiocesano, con la presencia del Nuncio Apostólico, monseñor Ubaldo Calabresi, los cardenales Aramburu y Primatesta y altos prelados españoles, y otros tantos acontecimientos píos en los que su acción y su presencia sembraron las primicias de la Palabra de Dios, por encima de todo.
Al celebrar sus bodas de oro sacerdotales, en 1990, dijo: "Todo aquel que detente autoridad es para servir. Nuestra misión es colaborar para que el mundo sea mejor. Para crecer en la bondad, en la solidaridad y en la generosidad, para nuestro propio bien y el de todos".
La definición, que afloraba fácilmente a su pensamiento, era un trasunto de su propia existencia, de su modo de acercarse y de darse. En noviembre de 1990, elevó su renuncia al Papa Juan Pablo II, al cumplir 75 años de edad, de acuerdo con lo estipulado por el Derecho Canónico, sucediéndole monseñor Rómulo García.
Monseñor doctor Jorge Mayer, más allá de su alta investidura eclesiástica fue, en esencia, un sacerdote. Ejerció su magisterio con la plenitud de las almas puras, aquellas tocadas por la pasión del amor a Dios. Lo hizo con pareja y bienvenida generosidad y con la sencillez y humildad que singularizaron su existencia.
Su desaparición física, ocurrida en la víspera, a las 10.35, a los 95 años de edad, no borrará el recuerdo del buen pastor, de palabra clara y conceptos nítidos, fiel siervo de Dios y de la Iglesia.

Por el tiempo

Hijo de Jorge y de Sofía Denk, Jorge Mayer nació el 20 de noviembre de 1915. Tuvo 10 hermanos. Al terminar el sexto grado sintió que sería sacerdote.
"A los 13 años me subí a un tren y me fui a La Plata para ingresar al seminario. Sólo volvía 15 días, para las fiestas de fin de año", evocaba.
Cada vez más cerca de la ordenación, cada vez más lejos de su pueblito natal, Jorge Mayer fue enviado a Italia. Partió de Buenos Aires a bordo del "Conte Grande", un buque con dos mil pasajeros y 29 mil toneladas. Tras 13 días de viaje llegó a Roma.
Se ordenó de sacerdote en 1940, a los 24 años, y en febrero de 1942 emprendió la vuelta tras una travesía por tierra (Italia, la Francia ocupada por Alemania y España) y por mar en un barco de cinco mil toneladas, con 36 pasajeros y cargado de corcho porque en realidad venía a buscar la comida argentina.
Hasta los últimos tiempos, se levantaba a las 6, ponía LU2 y se subía a la bicicleta fija. Leía por horas sobre la Iglesia y la Argentina, y le gustaba escuchar partidos de fútbol por radio, sobre todo si jugaba la Selección. A las 19, todas las tardes, misa. También viajaba por la zona, principalmente para las Confirmaciones.

La senda de un peregrino

Era el último recreo aquella sofocante tarde de noviembre de 2005. En ese patio rodeado de muros, ni el calor ni la tierra les importaba a los pibes que jugaban a la pelota o a la bolita. A monseñor Mayer, tampoco.
El patio de La Asunción era el escenario preferido del abuelo-cura. Caminaba sonriente entre los chicos y después, cuando ellos se volvían a las aulas, él se volvía, por los largos pasillos del ex seminario, a la capilla. Antes, lo esperaba una escalera de 28 peldaños. "En más de 15 años aquí, llevo unos cuantos escalones", decía.
Para él, haber vivido tanto fue un regalo de Dios esa vida que comenzó en las siete hectáreas de la quinta de su infancia en San Miguel Arcángel, donde cuidaba vacas.
De los momentos más duros, hablaba de su regreso de la Europa en guerra, en un barco que había zarpado de Bilbao, tras pasar por numerosos controles ingleses, entre el tifus y los judíos que escapaban.
De sus tiempos como arzobispo de Bahía Blanca, tiempos de tan profundas heridas abiertas entre los argentinos, recordaba que había jóvenes que aparecían muertos o que desaparecían.
"Me acuerdo de algunos catequistas que mataron o de los que nunca se supo. Los familiares venían a pedirme ayuda y yo iba a la Policía. Los jefes no siempre me atendían. Insistía, pero poco se podía hacer. Costará mucho cerrar esas heridas", confió aquella tarde en La Asunción.
A su "fórmula" para la longevidad la explicaba en un refrán catalán: "Poca cama, poco plato, mucha suela de zapato y vivirás un largo rato".
Murió convencido de que la felicidad es posible en la Tierra y de que la muerte es un pasaje hacia la eternidad.
FUENTE DE "La Nueva Provincia"

No hay comentarios:

Publicar un comentario